Casi todas las familias llegan a la primera junta con la misma pregunta: «¿hasta cuándo va a llorar?». La respuesta honesta es que depende del niño, pero el proceso tiene un patrón bastante reconocible.
Las tres fases
Días 1 a 3: la novedad
Muchos niños entran felices los primeros días. Todo es nuevo: los juguetes, el patio, los compañeros. Los padres se van tranquilos y a veces hasta decepcionados de que no los extrañen.
Días 4 a 10: la realidad
Aquí aparece el llanto. El niño entendió que esto se repite todos los días y que su adulto se va. Es la fase más dura y la que hace que algunas familias duden de su decisión. Es también, casi siempre, señal de que el proceso va bien: el niño comprendió la situación.
Días 11 en adelante: el acomodo
El llanto se acorta: de veinte minutos a cinco, de cinco a un puchero en la puerta. Aparecen nombres de compañeros en la conversación de la cena. Ése es el indicador real.

Qué ayuda
- Una despedida corta y siempre igual: un abrazo, una frase, y te vas.
- Decirle la verdad: «me voy y vuelvo después del refrigerio».
- Que lo lleve y lo recoja la misma persona los primeros días.
- Llegar puntual a recogerlo, sobre todo la primera semana.
- Dormir temprano: el cansancio multiplica todo por dos.
- Hablar de la escuela en positivo, sin exagerar.
Qué no ayuda, aunque se recomiende mucho
- Irse a escondidas mientras el niño está distraído. Evita el llanto de hoy y rompe la confianza de mañana.
- Quedarse media hora en la puerta «hasta que se calme».
- Prometer premios por no llorar: convierte una emoción en una falla.
- Preguntarle diez veces si le gustó. Con una basta.
- Compararlo con un primo o un hermano que «entró sin llorar».
Lo que hace la escuela de su lado
En Reguilete la adaptación se ajusta con la familia: días cortos al principio, una maestra titular fija que recibe siempre al mismo niño, y reporte diario para que sepas qué pasó después de que se cerró la puerta. En grupos pequeños esto es posible; en grupos de treinta, no tanto.
¿Cuándo preocuparse?
Si después de cuatro o cinco semanas el niño sigue llorando igual, dejó de comer o de dormir, o hay un retroceso importante en algo que ya dominaba, vale la pena sentarse con la maestra y con dirección. No para abandonar, sino para revisar qué se puede ajustar.


